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domingo, 18 de diciembre de 2011

Dotar de sentido a lo alternativo: El papel de los nuevos medios en el siglo XXI



*Intervención de Raúl Garcés, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, en el panel “Incidencia de los medios alternativos y las redes sociales en la opinión pública y en el hacer de la política internacional”, del Taller “Los medios alternativos y las redes sociales”.

Hace poco más de una década Noam Chomsky, en uno de sus textos, resumió la democracia liberal en pocas palabras: ” debates triviales sobre asuntos secundarios a cargo de partidos que fundamentalmente persiguen las mismas políticas favorables al capital, pese a las diferencias formales y las polémicas electorales. La democracia es permisible mientras el control del capital quede excluido de las deliberaciones populares y de los cambios, es decir, mientras no sea una democracia”.

Ya sé que cualquier definición de democracia liberal es mucho más que lo propuesto por Chomsky, pero traigo la frase a colación porque, probablemente, la entendamos mejor por estos días, cuando los ocupas de Wall Street son brutalmente reprimidos, cuando los libros acumulados en una biblioteca de ese movimiento son destrozados y desaparecidos, cuando Angela Davies tiene que recurrir a los llamados “micrófonos humanos” para hablar frente a los ocupas, en medio de la férrea censura a los altoparlantes que han impuesto las autoridades.

Son apenas evidencias muy elocuentes de que el capital trasnacional no está dispuesto a ceder un ápice de poder y que, frente a sus ojos, parecerán locuras las propuestas que Michael Moore acaba de hacer como un tentativo programa político para el movimiento de los Ocupas: “debemos aprobar tres enmiendas constitucionales -ha dicho Moore-: quitar las contribuciones a las campañas electorales, anteponer los intereses del público a los intereses de las corporaciones, y que todos los estadounidenses tengan derecho al empleo, al cuidado de la salud, a una educación gratuita y completa, a respirar aire puro, a tomar agua limpia y a comer alimentos saludables y a que los traten con dignidad y respeto en la vejez”. En otras palabras: Michael Moore quiere exterminar el capitalismo norteamericano y eso, de seguro, no se lo van a permitir.

Pero, ¿a qué viene todo esto? ¿Por qué empezar por Wall Street para terminar hablando de medios alternativos y opinión pública? En principio, porque tomando como objeto de estudio el movimiento de los ocupas descubriremos algunas claves esenciales para enfrentar con éxito la comunicación alternativa. Preguntémonos, por ejemplo, por qué en apenas ocho semanas han logrado tanto en materia de visibilidad (se ha extendido a decenas de ciudades en Estados Unidos, en Europa).

La respuesta, obviamente, no es solo, y tal vez ni siquiera esencialmente, comunicativa. Los ocupas interpretaron el malestar histórico de una sociedad, afectada por los impactos de una crisis económica, estremecida por el desempleo, por los recortes fiscales, por las políticas de ajuste y por la irresponsabilidad en el manejo de las cuestiones financieras por parte de las instituciones bancarias. Hablando en términos marxistas, estaban dadas las condiciones para que este movimiento irrumpiera y se expandiera vertiginosamente.

Pero, al mismo tiempo, no habría llegado tan lejos, al menos no tan rápido, sin un acompañamiento comunicacional suficientemente creativo y audaz. Su propio lema -somos el 99% frente al 1%- encierra el potencial inclusivo que no tuvieron antes -como lo hizo notar Angela Davies recientemente- los latinos, o los gays, o las mujeres, o los manifestantes antiguerra que se pronunciaron muchas veces en defensa de causas específicas, con públicos específicos, a través de métodos muy específicos.

Occupy Wall Street encarna una concepción reticular de la comunicación, que utiliza al mismo tiempo todos los soportes -los medios tradicionales, internet, las redes sociales, facebook, twitter, vocerías cara a cara, perifoneo, y apela a todos los formatos para conseguir su objetivo con un mensaje único. Han logrado “desde abajo”, en cierto sentido, lo mismo que el New York Times y los grandes medios consiguen “desde arriba” sistemáticamente: posicionar su mensaje globalmente a fuerza de repeticiones comunicativas -y activismo político, por supuesto-, desafiar la agenda tradicional de la prensa norteamericana -y de las élites políticas- y consolidar una creciente legitimidad a los ojos de la opinión pública de ese país, al punto que, según una reciente encuesta, más de la mitad de los estadounidenses dice ver en las preocupaciones de los ocupas, sus propias preocupaciones.

Se dice fácil, pero en la sociedad despolitizada en que vivimos, resulta una gran hazaña. Todd Gitlin, investigador norteamericano que por muchas décadas ha documentado cómo la prensa de su país demoniza simbólicamente a los movimientos antisistema, registró desde los años 60 cinco estrategias en función de lograr ese propósito por parte de los grandes medios: la trivialización ( o ridiculización de los objetivos del movimiento y del lenguaje de sus integrantes), el énfasis en el disenso interno, la marginación, el menosprecio de la efectividad del movimiento y la desestimación del número de participantes en las manifestaciones (es decir, contar de menos).

Con Occupy Wall Street la prensa norteamericana intentó hacer lo mismo, pero ha debido aceptar algunas capitulaciones por el camino. Ha sentido en su pellejo la represión contra los manifestantes, en la medida que los propios periodistas han sido también reprimidos. El activismo de los comunicadores alternativos ha significado un duro golpe para la credibilidad del discurso mediático dominante. Y, finalmente, secuestrar a estas alturas la voz de los ocupas implicaría silenciar a decenas de personalidades del arte, la cultura y el pensamiento solidarizados intensamente con esa causa.

Lo cierto es que la convocatoria para ser “ocupa” proviene de todas partes. Michael Moore la ha puesto en estos términos recientemente: “Forme parte de nosotros. Comparta sus ideas conmigo u online. “Incorpórese (o comience a organizar su movimiento local de Ocupación). Haga ruido. No es necesario instalarse con una carpa en el bajo Manhattan para ser un Ocupa. Usted lo es diciendo simplemente que lo es. Este movimiento no tiene líderes individuales ni portavoces, cada uno de los participantes es un líder en su barrio, en su escuela, en su lugar de trabajo. Cada uno de ustedes es un portavoz frente a quienes encuentre en su camino. No hay que pagar nada ni conseguir permisos para desarrollar una acción”.

En otras palabras: horizontalidad en el discurso, acceso a la participación a través de asambleas libres celebradas a nivel local y, por sobre todas las cosas, la intención de trascender el ámbito comunicativo para proponer un proyecto de transformación de la sociedad, que transforme también, durante el proceso, a los propios protagonistas del cambio.

Llegué, tal vez sin proponérmelo, a un concepto de comunicación alternativa. Y me alegra, porque puede que no podamos avanzar en este campo, si no partimos de conceptos claros. Salgamos a las calles de nuestras ciudades a preguntar por el significado de “lo alternativo” y encontraremos las respuestas más variopintas. Todo el mundo quiere ser alternativo, sin que muchos sepan con claridad de qué se trata. Lo alternativo implica una subversión del poder y, en el terreno que nos ocupa, una subversión de un tipo de poder que utiliza los símbolos, la información, el conocimiento, para perpetuar determinadas relaciones de dominación.

Comparto con Francisco Sierra la noción de capitalismo cognitivo para designar un modelo de integración mundial que condena la mayor parte de la producción cultural a las lógicas del capital globalizado. Y, al mismo tiempo, subrayo el hecho de que no es posible construir una alternatividad a ese poder si no desde la información, el conocimiento y la cultura.

Lo aterrizo más en el tema que nos ocupa: usted podrá tener un periódico comunitario, una radio universitaria, una biblioteca ambulante, 14 cuentas en facebook, 3 blogs y 5 twitter y no saber qué hacer con ellos. El dilema no es nuevo. Se parece mucho a lo que dijo una vez Henry David Thoreau: “estamos ansiosos por excavar un túnel a través del Atlántico, y acercar el viejo mundo al nuevo en unas semanas, pero luego la primera noticia que oirá la gran oreja estadounidense es que la princesa Adelaida tiene tosferina”.

Hoy todos los mundos se interconectan con asombrosa inmediatez. Por eso sabemos de las relaciones entre Shakira y Piqué, del homosexualismo de Ricky Martin y de las gripes pasajeras de Angelina Jolie. Y sabemos también, por supuesto, de cosas trascendentes, pero en todo caso el contraste nos confirma que las tecnologías por sí solas no son garantía del cambio social. Un rector de una Universidad británica nos recuerda un chiste típico del determinismo tecnológico: “señoras y señores -dice John Daniel- las nuevas tecnologías son la respuesta. Por favor, ¿Cuál era la pregunta?”

Pero como sabemos, las preguntas son muchas. ¿Qué usos les damos a las TICs y a los medios alternativos? ¿Seremos capaces de generar con ellos una contracultura? ¿Hasta dónde la comunicación puede ayudarnos -o hasta dónde no- a hacer emerger formas más democráticas de construcción de lo público y lo político? ¿Está preparada la sociedad contemporánea para lidiar con la noción de mediatización; es decir, con la centralidad de los medios de comunicación en la producción y distribución del conocimiento a escala masiva?

Vistas en profundidad, las interrogantes anteriores podrían asustar a cualquiera, tanto como el tema que da título a este panel. Hemos sido convocados a pensar las relaciones entre medios, política y opinión pública, justo cuando muchas evidencias apuntan a un universal desencanto con esos tres componentes de la democracia.

Un experimentado investigador de estos temas, el británico Jay blumler, afirma que, en materia de Comunicación Política, atravesamos una era de total descreimiento: en los partidos, vaciados ahora de contenido ideológico y atrapados por una lógica de marketing; en los gobernantes, más preocupados por enfrentarse a la política en la televisión que en la propia realidad; y en los medios, obcecados por desatar escándalos políticos que multipliquen sus ratings y les sirvan de imán a los anunciantes.

Es ese el contexto que explica la renuencia de los indignados en España para canalizar sus demandas a través de las organizaciones políticas tradicionales. O el escepticismo que los ocupas de Wall Street muestran hacia el bipartidismo norteamericano, tan parecido al bipartidismo británico, tan parecido al bipartidismo español. Mariano Rajoy acaba de provocar, como ha dicho recientemente un articulista, que millones de españoles votaran por su esclavitud, como si lo hicieran por su libertad. No hay opción: llámese PSOE o PP, nada salvará a España de un plan de ajuste impuesto por las cadenas del mercado.

¿Se puede hablar, en estas condiciones, de la posibilidad de una comunicación liberadora? ¿Pueden sobrevivir los medios alternativos sin que emerjan al mismo tiempo proyectos políticos alternativos? ¿Ocurrirá la democratización de la comunicación al margen de la democratización de la sociedad, como si los comunicadores viviéramos, dicho en palabras de Rosa María Alfaro, “en una isla feliz”?

Disponemos de múltiples experiencias en Latinoamérica y el mundo para demostrar justamente lo contrario. En apenas 12 años, por ejemplo, Venezuela logró expandir en miles sus medios comunitarios, creó una cadena de televisión con pretensiones de alcance mundial, lanzó un satélite para fomentar su independencia en el plano de las telecomunicaciones y fomentó un marco jurídico, como pocos países en Latinoamérica, para vigorizar las prácticas comunicativas locales.

La voluntad de generar un proyecto político desde abajo, modelado concretamente a través de la progresiva emergencia de un poder comunal, demandó, al mismo tiempo, el empoderamiento de los ninguneados y la democratización ineludible del espacio público. Quienes hemos visto Internet de banda ancha en las alturas del cerro más pobre de Caracas, o la organización de “mesas técnicas comunicativas” en los consejos comunales para visibilizar a los invisibles, o la emergencia de redes de comunicación espontáneas para desmontar las mentiras de los medios privados, creemos entender el significado de lo que Jesús Martín Barbero, y muchos otros, han sugerido con especial lucidez: “el tejido social de la democracia se construye comunicativamente”.

Claro que no siempre es posible tomar el cielo por asalto. Y algunos dirán -con razón- que la comunicación alternativa no puede quedarse cruzada de brazos mientras se concreta la Gran Revolución Social o se desmorona a pedazos el capitalismo. Entretanto, más nos vale suscribir una convicción de Umberto Eco, que bien pudiera ser una convicción compartida por todos nosotros: se puede hacer mucho daño al poder comunicativo dominante desde una sistemática y consistente guerra de guerrillas comunicacional.

¿Qué otra cosa sino eso han hecho los ocupas de Wall Street? ¿Pensaron que iban a llegar tan lejos cuando iniciaron su movimiento? ¿Cómo han logrado penetrar los muros de acero del New York Times y del Washington Post para presentarse incluso con legitimidad frente a los ojos de la opinión pública de su país?

Ya dije antes que la respuesta no es solo comunicativa, pero agregué que no puede desconocerse tampoco el alcance de la comunicación en dicho movimiento. Bastaría escuchar los lemas de los ocupas -lo mismo en los parques de Nueva York que en la Puerta del Sol de Madrid- para advertir un discurso a la ofensiva, que no se deja acorralar, que sugiere acción de solo pronunciarse: “Si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir”, “no somos antisistema, el sistema es anti-nosotros”, “si los de abajo se mueven, los de arriba se caen”.

Uno de los aprendizajes que podríamos obtener sin mucho esfuerzo es que, en el mundo contemporáneo, todo proyecto de subversión del poder tiene que agenciárselas para dejarse acompañar por una estrategia de subversión también en el terreno simbólico. Además de ocupar Wall Street, deberíamos probablemente intentar ocupar el New York Times, el Washington Post, El País, FOX News y tantas otras trasnacionales mediáticas. O gritamos desde el lunetario para que nos enfoque la luz, o seremos condenados de manera perpetua a la oscuridad.

Permítanme redondear lo dicho hasta aquí en unas pocas ideas que, a mi juicio, deberían servir de brújula a los medios alternativos en la construcción de nuevos espacios públicos y nuevos modos de hacer política:

1. Estamos abocados, probablemente como nunca antes, a estudiar y sistematizar cuanta experiencia de alternatividad exista. Pero si a la gran prensa no le interesa hablar de Occupy Wall Street, no nos hagamos muchas expectativas con las grandes universidades. Atrapadas en las lógicas del mercado, tampoco les seduce investigar la naturaleza de los movimientos antisistema, y menos sus prácticas comunicativas.
Dentro de un contexto donde importa más desarrollar habilidades que pensamiento, y mercancías que teoría, Occupy Wall Street seguramente se ve como el desafío loco de un puñado de locos en un mundo loco. Y eso -dirán los gurúes del academicismo- más vale excluirlo de las líneas de investigativas y de los planes de estudio de las facultades de comunicación.

Es una responsabilidad nuestra -esto es, de los medios alternativos y de los centros académicos alternativos al pensamiento liberal- desentrañar hasta sus esencias el movimiento de los Ocupas, identificar sus estrategias de mayor impacto e incorporarlas dentro de una praxis más general de la alternatividad.

2. Dotar de sentido a lo alternativo significa restaurarle plenamente su significado a la palabra deliberación. O, dicho de otra manera, fomentar una cultura deliberativa a todos los niveles, en todos los espacios, a través de todos los soportes y formatos. Y más ahora, cuando los tecnócratas financieros imponen sin deliberar a los gobernantes europeos, cuando un ministro griego pierde el puesto por intentar discutir con su pueblo sobre políticas de ajuste, cuando se declaran guerras en nombre de encuestas asombrosamente anti-deliberativas.

El poder simbólico trasnacional procesa las deliberaciones, las tritura y las devuelve convertidas en cuños, etiquetas y estereotipos. La gran estafa del capitalismo cognitivo consiste en usar el conocimiento para desinformarnos y para despojarnos de nuestra condición de ciudadanos.

Frente a tales escenarios, no queda otra opción que trascender a los medios y convertir la “alternatividad” en una filosofía de vida. Aprender a participar, saber dialogar, valerse de la comunicación para involucrarse y transformar activamente los espacios públicos. Si de mí dependiera, introduciría los principios de la Comunicación Alternativa desde los currículos de la enseñanza básica. ¿Acaso no lidian los niños con el bombardeo simbólico de los medios, de Internet, de las redes sociales? ¿Acaso no sería preferible desarrollar en ellos desde pequeños una cultura mediática con potencial liberador?

3. Lo alternativo tiene que trascender a los pequeños grupos, a los amigos, a lo comunitario entendido como espacio geográfico, para insertarse no sólo en prácticas, sino también en lógicas reticulares de la comunicación. El micrófono de una radio o la columna de un periódico local, no solo deberían servir para denunciar la falta de agua en un barrio, o el desfalco de una microempresa a sus trabajadores. A mi juicio, tienen que ser útiles también para la interconexión política de los individuos, para la reafirmación de sus identidades, para el ejercicio de una ciudadanía que se sirve de la comunicación como pasaporte hacia la construcción de lo público. Don´t hate the media, become the media (”no odien a los medios, conviértanse en los medios”)- reza la consigna de una red de medios alternativos que, sin decirlo, convoca a sus integrantes a apropiarse precisamente de una conciencia de alternatividad; es decir, a subvertirlo todo.

4. La alternatividad tiene que superar su tentación al espontaneísmo. No se puede, invocando la supuesta falta de capacitación de los comunicadores alternativos, despojar a la comunicación de su belleza, resultar aburrido o hacerse cómplice de un discurso soso. Si queremos desafiar las agendas de los grandes medios, si pretendemos subvertir los límites en que los poderosos encuadran el debate público, no queda otro remedio que ensayar audacias, osadías e, incluso, secuestrar códigos probadamente eficaces de la comunicación dominante para usarlos de modo liberador.

Arribo a mi punto de llegada ratificando una tesis que fue también mi punto de partida. La batalla en la que estamos enfrascados es esencialmente cultural. Y no enfrentarla desde la cultura representaría una actitud suicida. No hay alternativa, que no sea empoderar a los ciudadanos y convertirlos en gestores-hacedores-protagonistas de los medios. Es, más o menos, lo que dice José Ignacio López Vigil en una frase lapidaria, con la que termino:

“En los próximos años, podremos producir con calidad digital, con mil canales simultáneos, navegando en Internet a velocidad de la luz y corriendo por todas las autopistas de la información. Pero el desafío principal no se habrá logrado con esos adelantos técnicos (…) la mayor originalidad del futuro será devolver los medios a la ciudadanía”.

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